Septiembre es el mes del regreso a las aulas. Unas aulas cada vez más digitalizadas. Desde ordenadores y pizarras digitales hasta plataformas educativas y vídeos explicativos, las nuevas tecnologías han ido irrumpiendo en el ámbito educativo con el fin de modernizar los métodos de aprendizaje. Pero si hay una herramienta que ha entrado con más fuerza que las anteriores, cambiando por completo las reglas del juego, es la Inteligencia Artificial.
Por primera vez, los estudiantes tienen a su alcance herramientas que no solo les muestran información, como una enorme Enciclopedia Universal. También pueden analizar y resumir esa información por ellos, resolver los ejercicios y problemas planteados por los profesores, escribir textos, traducirlos, e incluso resumir un libro entero. En cuestión de segundos, pueden tener un trabajo redactado y listo para entregar.
Todo esto plantea una pregunta inevitable: ¿está la IA ayudándoles a aprender de verdad, o solo a obtener mejores resultados académicos?
Noruega: Primer país europeo en limitar el uso de la IA en los colegios
Los países nórdicos siempre han destacado como referentes en materia educativa. En este contexto, Noruega ha dado un paso especialmente significativo al establecer nuevas recomendaciones nacionales que limitan el uso de la inteligencia artificial generativa en las escuelas. Las nuevas medidas, aplicables ya desde este curso 2026-27, siguen una lógica progresiva en función de la edad de los alumnos:

De 1º a 7º curso (6 a 13 años)
Se recomienda que los alumnos no tengan acceso a herramientas de IA generativa, como ChatGPT. El objetivo es proteger especialmente las primeras etapas del aprendizaje y priorizar capacidades básicas como leer, escribir, calcular, razonar y reflexionar.

De 8º a 10º curso (14 a 16 años)
Se permite una introducción gradual y prudente de estas herramientas, siempre dentro de un marco pedagógico y siguiendo las pautas y directrices de los profesores.

Educación secundaria superior (17 a 19 años)
En esta etapa la IA se convierte en una competencia necesaria. Los alumnos deben aprender a utilizarla de manera adecuada para el trabajo académico y como preparación para sus futuros estudios y su incorporación al mundo laboral.
La decisión no surge de un rechazo tajante a la tecnología. De hecho, el propio Gobierno noruego reconoce las oportunidades que ofrece la inteligencia artificial, pero advierte del riesgo de que un uso indiscriminado haga que los estudiantes se salten etapas importantes del aprendizaje.
La estrategia resulta interesante porque no plantea una disyuntiva entre «usar IA» o «no usar IA». Plantea que la edad y el momento educativo importan. Primero hay que desarrollar determinadas capacidades por uno mismo y, posteriormente, aprender a utilizar la inteligencia artificial como una herramienta que las complemente.
¿Aprender o simplemente obtener la respuesta?
Cuando hablamos de la inteligencia artificial en la educación, suelen darse dos posiciones bien diferenciadas. Por un lado, están quienes ven la idea como algo revolucionario, una herramienta de lo más poderosa capaz de actuar como un profesor particular disponible las 24 horas del día. Por otro lado, existe el temor fundado de que los alumnos se limitarán a pedir a la IA que les haga los deberes y trabajos, no afianzando en verdad los conocimientos.
Por ejemplo, un estudiante que no entiende las ecuaciones de segundo grado puede pedir una explicación mejor adaptada a su nivel, solicitar más ejemplos, preguntar por qué ha cometido un error o pedir que un concepto complicado se le explique de una forma distinta. Uno que está aprendiendo inglés puede conversar con una IA, practicar vocabulario y recibir las correcciones oportunas de forma instantánea. Alguien que tenga dificultades a la hora de organizarse y plantear un trabajo largo y complejo, puede utilizarla para que le ayude a subdividirlo en pequeñas tareas o le proponga un esquema o índice a seguir.
En todos estos casos, la IA no está sustituyendo el aprendizaje haciendo todo el trabajo por el alumno, sino que se lo está facilitando mediante correcciones, indicaciones y explicaciones más amplias de aquellos puntos donde más dificultades encuentra.
Imaginemos ahora que un profesor manda a sus alumnos escribir un ensayo sobre el cambio climático. Antes de la llegada de la IA generativa, un estudiante habría tenido que investigar, leer, seleccionar la información más pertinente, organizar sus ideas y redactar el texto completo. Todo ello de forma manual. Ahora, le basta con introducir el enunciado en un chatbot y en cuestión de segundos tendrá ya su ensayo listo para entregar. Analizándolo de manera objetiva, puede que el resultado final sea mejor que si no hubiese utilizado ninguna IA. Puede que esté mejor estructurado, mejor documentado, y redactado de forma clara y sin errores. Pero, ¿ha aprendido realmente el alumno algo sobre el cambio climático?
Es exactamente el mismo problema que surgiría si desde niños nos permitieran utilizar una calculadora para resolver todos los ejercicios de matemáticas, sin comprender los cálculos y operaciones que estamos realizando. La solución final será la correcta, pero eso no significa que nosotros sepamos por qué es la correcta.
El objetivo de la educación no debería ser producir respuestas correctas, sino desarrollar las capacidades nos que permiten encontrar esas respuestas.
Un cerebro especialmente preparado para aprender
Nuestro cerebro no permanece igual a lo largo de toda nuestra vida. Durante la infancia y la adolescencia, coincidiendo con la etapa educativa, experimenta un intenso proceso de desarrollo en el que las experiencias y el aprendizaje modifican sus conexiones y moldean los circuitos neuronales. Es lo que conocemos como neuroplasticidad: la capacidad del cerebro para cambiar y adaptarse en función de la experiencia.
Las primeras etapas de la vida son de esos periodos sensibles en los que el cerebro presenta una mayor receptividad a determinadas experiencias, favoreciendo el desarrollo de capacidades como el lenguaje, la memoria, el razonamiento o el aprendizaje. Se podría decir que este actúa como una esponja que absorbe con mucha mayor facilidad todo lo que vemos y escuchamos.

UNICEF señala que durante los primeros años se forman más de un millón de conexiones neuronales por segundo, destacando la importancia de las experiencias y la estimulación en el desarrollo cerebral.
Y aquí es donde la inteligencia artificial plantea una cuestión importante que quizá estamos pasando por alto. Cada habilidad necesita práctica para desarrollarse. Si permitimos que la IA resuelva de forma integral aquello que nuestro cerebro necesita practicar por sí solo, sustituimos la parte más fundamental del proceso de aprendizaje, que es el camino que recorremos para llegar hasta la respuesta.
Cuando un estudiante utiliza la IA para escribir un texto, resolver un problema o investigar una cuestión que debería aprender a realizar por sí mismo, no solo deja de practicar esa habilidad. También corre el riesgo de desaprovechar una etapa especialmente importante para desarrollar muchas de las capacidades cognitivas que utilizará durante el resto de su vida. Esto no significa necesariamente que su cerebro vaya a quedar «dañado» o impedido para desarrollar habilidades en el futuro, ya que la plasticidad continúa durante toda la vida. Por supuesto, cuando alcanzamos la edad adulta podemos seguir formándonos y aprendiendo cosas nuevas. Eso sí, nos cuesta un poco más que cuando éramos niños.




LA IA se estrena en el informe PISA
Los primeros resultados del informe PISA 2025 se publicaron el 8 de septiembre de 2026, incorporando una importante novedad con respecto a anteriores ediciones: por primera vez, se incluye información sobre el uso de la inteligencia artificial por parte del alumnado, dentro de un estudio más amplio sobre el aprendizaje en el mundo digital.
Este informe, elaborado por la OCDE, ha evaluado a más de 760.000 estudiantes de 15 años de 91 países y economías. En España participaron casi 30.000 alumnos de 956 centros educativos, y los resultados arrojados no son especialmente alentadores.
Rendimiento medio en España
Ciencias
Promedio OCDE: 482 puntos
Matemáticas
Promedio OCDE: 463 puntos
Lectura
Promedio OCDE: 461 puntos
Además, entre 2022 y 2025 aumentó el porcentaje de estudiantes españoles con niveles bajos de rendimiento y disminuyó el de quienes alcanzan los niveles más altos.
Obviamente, estos datos no pueden atribuirse únicamente a la inteligencia artificial, ya que PISA evalúa un enorme conjunto de factores educativos, sociales y personales. Pero sí pueden interpretarse como un indicativo de que nuestro sistema educativo necesita algunas reformas. La propia OCDE señala que la IA puede convertirse en un aliado para la enseñanza, pero también plantea la necesidad de adaptar la profesión docente y los sistemas educativos a esta transformación.
Una nueva competencia: saber utilizar la IA
El último informe PISA plantea la necesidad de entender cómo las herramientas de inteligencia artificial pueden utilizarse para apoyar el aprendizaje sin sustituir las capacidades que la educación pretende desarrollar. La IA va a formar parte del mundo en el que estos estudiantes tendrán que trabajar. De modo que la solución no pasa por prohibirla completamente en el ámbito educativo, sino por cambiar la relación que se establece con ella.
Una IA que proporciona una respuesta inmediata no es una buena herramienta de aprendizaje. El alumno conocerá la respuesta, pero no el razonamiento de cómo se ha llegado a ella. Si tuviese que desarrollarla o exponerla de forma oral, se quedaría en blanco. Si el día del examen tuviese que resolver un problema similar, esta vez sin poder pasarle el enunciado a la inteligencia artificial, no sabría ni por donde empezar. Porque se habrá saltado olímpicamente el verdadero proceso de aprendizaje al solicitar a la IA la respuesta definitiva.
En cambio, utilizando la misma IA sin pedirle directamente la solución, podría beneficiarse de una muy buena tutora virtual que formula preguntas, ofrece pistas, detecta errores y obliga al estudiante a razonar. Es decir, acompaña al alumno durante el camino de aprendizaje sin llevarle directamente a la meta. Si al día siguiente, el profesor le pide alguna aclaración adicional, o si tiene que hacer un ejercicio semejante en clase sin ayuda, el alumno sabrá defenderse y salir airoso de la situación.




Las nuevas herramientas digitales pueden ser un arma de doble filo. Pueden hacer que un estudiante parezca más competente mientras, al mismo tiempo, está desarrollando menos sus propias capacidades. Eso es algo que no siempre resulta visible en las notas. Por eso, uno de los grandes retos de esta era de educación digital no es detectar cuándo un alumno hace trampas. ¿Cómo evaluamos lo que un estudiante sabe cuando una máquina puede producir la respuesta por él?
Los nuevos métodos de aprendizaje hacen que surja la necesidad de revisar también los métodos de evaluación, planteando más ejercicios en los que el alumno tenga que explicar su razonamiento, exponer por qué una solución es correcta o no, o defender un tema en una presentación ante sus compañeros.
¿Y qué ocurre con los profesores?
Por supuesto, los docentes también han de adaptarse a las ventajas e inconvenientes que este nuevo panorama les plantea. Entre las ventajas podemos encontrar la generación de explicaciones para prácticamente cualquier tema, y el poder adaptar estas explicaciones al nivel de los alumnos. También les puede facilitar las cosas a la hora de corregir determinados ejercicios de respuesta única o que requieran menos desarrollo por parte del alumno.
Ahora bien, esta facilidad para generar explicaciones y obtener información, también conlleva que el profesor domine ampliamente la materia y sepa contrastar las fuentes para discernir la información fiable de la incorrecta.
Cuanto más capaces sean las máquinas de realizar determinadas tareas intelectuales, más valor tendrá aquello que no podemos delegar completamente en ellas: el criterio, la curiosidad, la capacidad de cuestionar y la responsabilidad sobre nuestras decisiones.